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viernes, 18 de marzo de 2016

RESILIENCIA

Llegué al bar una hora antes de lo previsto para la reunión. Era muy temprano, una gélida mañana de invierno; sin embargo, el famoso lugar de la calle Urquiza y San Martín ya estaba atestado de gente. El sonido de las tazas y el aroma excitante del café dominaba la ambiente. Elegí una mesa vacía, cerca de un gran ventanal que daba a la calle y, como de costumbre, pedí la exquisita variedad colombiana Membrele, preveniente de las montañas del Huila.


Reflexionaba...



Me consideraba un hombre estructurado, no estaba acostumbrado a realizar demasiado esfuerzo para conseguir éxito; sin embargo, por entonces, estaba pasando por un raro momento de mala racha. Mi existencia en los últimos años de carrera había estado perfectamente controlada y planificada; había adquirido gran reputación en el negocio inmobiliario y, ya a mis jóvenes 30 años, había conseguido una lucrativa carrera empresaria que en poco tiempo llevaría a enriquecerme. Empecé a ver la vida diferente, desde un punto de vista cómodo y rebosante de lujos, y las tentaciones comenzaron a llamar a mi puerta. Malgasté mi tiempo y mi dinero: autos, fiestas, mujeres, viajes exóticos... Y en un abrir y cerrar de ojos, casi sin darme cuenta, comencé a perderlo todo.
Al día siguiente el banco me embargaría lo poco que me quedaba; era un secreto para el resto de mis acreedores, pero lo cierto es que tenía pocas horas para demostrar que pagaría. Mis finanzas requerían de un golpe de suerte, un gran negocio, único y fundamental, con ganancias extraordinarias; uno que venía maquinando desde hacía meses con macabras intenciones: la venta de una mansión, de apariencia espectacular pero estructuralmente derruida, de un cliente en quiebra, que en mis manos podría valer millones. Ese negocio, salvador, podría cerrarse allí mismo, en ese bar, en esa mesa, dentro de algunos minutos.
El mozo trajo la humeante taza de café y, tras sentir su estimulante aroma, quedé nuevamente absorto en mis reflexiones.
Si bien la posibilidad de perderlo todo era inminente, aún tenia la gran carta bajo la manga. A mi mente vino de repente aquel trágico accidente ocurrido a la familia Brown tras una seguidilla de vuelcos adversos de sus vidas. La serie geométrica de la ley de probabilidad no falla: tras una seguidilla de contingencias, lo único más probable es que lo que ocurra a continuación sea otra peor. Les venía pasando de todo... Una de sus empresas, la más importante, quebró repentinamente tras un incendio devastador; después boicotearon sus acciones y perdieron las otras; uno de sus hijos desapareció a manos de un motín de presos, que escaparon de una cárcel de alta seguridad, que la familia había denunciado cuando fueron funcionarios del estado; y , finalmente, el hecho horrible y devastador en que la familia pereció en un accidente de tránsito... De repente fueron sólo historia, una triste y enervante historia de poder, lujurias y tragedias. Sus vidas, signadas por la fatalidad, pensé, quizá habían sido tan amargas e insoportables como ese acerbo café allí expectante sobre mi mesa, aún sin azúcar.
En ese instante, el mozo trajo una abultada canasta de coloridos sobres y la dejó sobre la mesa, disculpándose por haberlos olvidado. Concluí que quizá fuera ese hecho lo que había sumido mis pensamientos en tan raras reflexiones: faltaba eso que haría más soportable mi café: el azúcar! Sacudí con algarabía cuatro grandes sobres; de repente me apetecía bien dulce esa mañana. Los vertí completamente en la taza, y mientras revolvía, me reacomodé en la silla, desafiante, capaz de sobreponerme a cualquier adversidad que el destino me deparara... Cerraría ese negocio y, antes de medio día, estaría en el banco; resurgiría de entre las cenizas como el ave fénix.


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La propiedad era una casona antigua ubicaba en calle Corrientes, en un barrio residencial de la ciudad de Paraná. Su virtud era un gran estilo y una excelente arquitectura colonial; su gran época de esplendor fue entre los años 50 y 60. Pero llevaba 10 años abandonada; estaba para demoler... Cañerías oxidadas, paredes derrumbadas con años de humedad, sanitarios destruidos, pisos desmantelados; había sido expropiada en varias ocasiones, una de ellas por Punks. En fin... para mi negocio nunca hubiese tenido gran valor, de no ser por una extraña circunstancia. Su dueño, un viejo amigo que recientemente había vuelto de Europa sin un solo centavo, necesitaba venderla por lo poco que pudiesen darle, así fue que llegue a un sencillo arreglo con él: yo le conseguía un comprador por el dinero en que se encontraba ahora, pero previamente la arreglaría y el valor agregado de la venta irían a mis arcas. La casa como estaba no valía nada, por lo que ese sería mi costo, pero podría hacer unos pases mágicos y el precio real, con la ayuda de un cliente desprevenido, sería exorbitante. Así fue que contraté por monedas al inoperante de Eusebio. Era mi contratista estrella, mago del emparchado arquitectónico con dos mangos con cincuenta. Le debía dinero, pero esta vez el hueso era grande y no dudó un segundo tras comentarle cuál era la jugada. Así fue que en el termino de dos meses le dimos, como normalmente llamamos en este negocio, “la gran lavada de cara”; le pintamos hasta los pisos, que brillaban como porcelanato.
Tras un año de infructuosos ofrecimientos en el mercado, en que el terrible Eusebio me demandó, y yo recibí la carta documento del banco, una mano grande pareció por fin bajar del cielo; supe que esta vez me tocaría a mí. Había aparecido una interesada; una ingenua mujer, heredera de una pequeña fortuna, que había quedado obnubilada ni bien había visto la casa de lejos... De alguna u otra forma sabía que cerraríamos el negocio.

Saqué mis notas del maletín, triunfalmente; este hacía juego con mi traje de Armani, comprado en mis épocas de oro. En eso, un canillita dejó el periódico matutino sobre la mesa. Miré de reojo los titulares, no decían nada interesante, pero di vuelta la hoja y un enorme escrito a la derecha llamó mi atención; ocupaba casi el total de la página. El título rezaba: “Resiliencia. Capacidad de sobreponernos a adversidades y contingencias de la vida”; el típico escrito “llena huecos”, pensé, de los que los diarios publican cuando no hay nada interesante que decir; aún así, el artículo me conectaba con algo en mi interior. Pagué al canillita el periódico. Nuevamente la familia Brown volvió a copar mis pensamientos... "Tanta seguidilla de fatalidades podrían ser, como mínimo, sospechoso... De hecho, fueron sospechas que desde el principio de la historia tuve. Con tanto poder ¿realmente habían desaparecido? ¿Dónde estarían ahora? ¿Estarían en una pequeña y lejana isla del pacífico desgranando su oculta fortuna?" Sonreí ante esta idea y cerré el periódico, dejándolo sobre la mesa.


Diagramaba los aspectos más salientes de mi estrategia, cuando me dispuse por fin a saborear mi delicioso café, como un irrefutable preludio de triunfo; tenía la voraz sensación de quien se preparaba a jugar un partido ganado. Tomé la taza en mis manos, viendo que a través del ventanal una figura humana se movía; un buscavidas iba pasando curioseando hacia adentro, clavando súbitamente en mí su mirada. Iba ataviado de harapos sucios y oscuros, caminaba encorvado de forma bamboleante; y sonreía, casi burlonamente...  Saludó con un movimiento leve de cabeza, sin despegarme su mirada, siguiendo su camino... Procedía a ignorarlo, pensando "Pobre tipo, ¿un caso fallido de resiliencia, quizá?", cuando sorbí un gran trago de la taza entre mis manos...

Solté la respiración y quedé de súbito paralizado de asco y terror. La enorme arcada me invadió como un huracán, en una convulsión de todo mi cuerpo que se dobló en dos como si me hubiesen pateado la boca del estómago... Un repentino temblor de mi entrañas empujó hacia arriba el líquido ámbar con la fuerza de un sifón, que se escapó en forma de diferentes chorros de entre mis dedos.
Una mujer que venía hacia mí, se detuvo en seco; instintivamente, se llevó una mano a la boca, con expresión de espanto, emitiendo un molesto y voluminoso grito de... “¡Ay! ¡Dios mío!”. Sentí que todo el bar se daba vueltas para mirarnos. Varios se pararon para observar por sobre los presente qué estaba pasando.
El mozo corrió a mi auxilio, enviado quizá por un superior sobresaltado, intentando, con amabilidad comerciante, calmar la situación. No le daban las manos para limpiar y mitigar el escándalo, fregando el regadero viscoso sobre la mesa y el piso. Terminó y se retiró mientras trataba de recuperar mi habitual calma. Me dediqué a la señora que tenia ante mi. La extraña mujer parecía una estatua, allí parada a prudente distancia, observándome con una mano aun sobre su boca.
Era algo obesa, rubia, llevaba un traje color rojo rubí, tacos bajos y cartera cuero de víbora al tono. No parecía provenir de la inmobiliaria, en cambio resultó ser nada mas ni nada menos que la interesada directa de la casa; la inmobiliaria había decidido no mediar en la compra y la envió directamente a mi; algo malo, de entrada, pero solucionable. Disimulé mi disconformidad, invitándola a sentarse, como si el caos sobre la mesa fuera invisible. Cruzamos un par de palabras y pude notar que en realidad era excelente negociadora, con un estilo ácido y mordaz, casi implacable... un Rottweiler.
El mozo volvió a la mesa con el semblante algo sombrío. Nos preguntó si deseábamos algo, y clavó la vista en la canasta de sobres aún sobre la mesa, dejando escapar una mueca acusadora...
- Disculpe señor, pero… ¡me parece que se ha equivocado de sobres! ¡Le puso sal al café, en vez de azúcar! ¡Ese fue el problema!
Miré sorprendido la canasta; luego, a la mujer, que reprimió una leve mueca de sorpresa; sentía que entre el mozo y ella se reían a carcajadas en silencio; volví a mirar al mozo, que en ese instante me parecía Chuqui, el muñeco maldito, diciéndome, "el boludo fuiste vos!!!", y me empequeñecí en la silla, como un insecto.
Se había armado tanta alharaca en el bar, que, entre los presentes, que por cierto eran unas cien personas, había llamado la atención de un hombre en particular. Este hombre, se acercó sin dudar a nuestra mesa... Caminada con cadencia, con las manos juntas tras la cintura, como un director de escuela a punto de amonestar a un mal alumno; calvo hasta la nuca, corpulento. Lo reconocí al instante; y casi me da un ataque. Era el mismo Eusebio. Obviamente ya no trabajaba para mi, pero como era su costumbre, no perdía oportunidad de molestarme. No era estúpido, sabía exactamente qué es lo que estaba haciendo ahí... No tenía un plan B para todo lo que estaba pasando. Otro espasmo se apoderó de todo mi ser.
¡Amigo! –exclamó risueño al saludar-. ¡Así es exactamente como me siento cuando me entregas esas horribles y destruidas casonas antiguas para que te deje como nuevas... Y, encima, ya sabemos quién se lleva la porción más grande de la torta... Aunque ahora ya vas a poder pagarme lo que me debes, no? –. Una carcajada traqueal salió de su garganta, que retumbó en mi cabeza como una ametralladora, antes de salir del bar, levantando la billetera en alto para recordar mi deuda.
Volví a desinflarme en la silla. La mujer tenía clavada en mí una mirada suspicaz. La negociación había comenzado con el pié izquierdo y esta vez no creía volver a remontarla. En ese momento, toda la artillería que tanto había preparado, se resumió a tan solo sacar de mi maletín el boleto de compra venta y rezar; rezar sin emitir una sola palabra. El contrato me quemaba en las manos; jamás había visto un papel temblar tanto.
Ella seguía inmóvil, seguramente se preguntaba si estaba loco; creo que algo de baba oscura aun pendía de mi barbilla, mi traje tenia cataratas de café encima, y mi contratista me acababa de acusar en público terriblemente. Estaba knockout y el referí había llegado a la cuenta de 10. Con sequedad, me solicitó, mientras se levantaba, un tiempo para rever los términos del contrato, aduciendo que la inmobiliaria se pondría en contacto conmigo.
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El banco me embargó. Quedé en la calle. Pero esta vez por lo menos algo valioso había quedado en mi bolsillo, y no era dinero precisamente: el recorte de diario, aún por leer, de "Resiliencia"; símbolo de lo que ya no podría olvidar: que todo puede pasar, que no todo es planificable y previsible, porque hasta el hecho más simple tiene el poder de cambiar la historia.
Caminaba borracho, de regreso a mi mal oliente pensión, sumido en mi habitual sentimiento de derrota. La briza era fría y cortante en aquellas primeras horas de la madrugada. En las calles no había un alma. Zigzagueaba. De repente, apareció frente a mí como un fantasma el hombre de los harapos que aquella mañana había visto en el bar Urquiza. Esta vez puse en él toda mi atención. Era muy anciano, las arrugas surcaban su cara como tajos abiertos, su mirada era una mezcla de viveza y piedad. Tenía la aparente intención de decirme algo, por lo que me detuve en seco ante él, sumiso, como un niño arrepentido ante la mirada acuciante de su padre. El hombre pareció abrir la boca para hablar, me dispuse a recibir el mensaje como una bendición, pero no dijo nada; en cambio, permaneció frente a mi sonriente, en un silencio de tumba que parecía decirlo todo; era una sonrisa sincera, que parecía invitarme a seguirlo. Agachó la cabeza y, con su habitual cadencia, continuó su camino, un camino que quizá no tuviera un destino certero.
FIN,
ANGUS!

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